09 Jesús siglo XXI

José Arregi. Apuntes de Cristología.

En un mundo cambiante y una Iglesia discutida, volvemos la vista a Jesús de Nazaret para reaprender a ser cristianos.

Colección feadulta.com, nº 9. Septiembre 2011.

254 páginas, 21 x 15 cm, rústica.

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ISBN 97884-7631-026-7

Disponibilidad: Disponible

10,00 €

En un mundo dolorido, en una cultura perpleja, en una Iglesia discutida, en una religión cambiante, volvemos nuestra mirada a Jesús de Nazaret para reaprender a ser cristianos.
¿Qué anunció? ¿Qué opciones hizo en su tiempo? ¿Qué fueron sus "milagros"? ¿En qué Dios creyó? ¿Por qué murió? ¿Qué significa que "resucitó"? ¿Cómo nos "salva"? ¿Qué quisieron y qué queremos decir al confesarle "hijo de Dios"?
José Arregi, profesor de Cristología durante veinte años en el Centro Superior de Estudios Teológicos de Pamplona (de 1988 a 1995) y en la Universidad de Deusto (de 1997 a 2010), trata de dar respuestas válidas para los cristianos de hoy. Aunque sean "solamente unas aproximaciones históricas y teológicas desde su tiempo y el nuestro. Unos apuntes nada más."
José Arregi es autor de "Nazareteko Jesus. Zer gizaki? Zer Jainko?" (Jesús de Nazaret. ¿Qué hombre? ¿Qué Dios?), obra publicada en euskera por la Universidad de Deusto. Bilbao 2000.
Í N D I C E
Introducción: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
1. Las raíces de Jesús
2. La familia de Jesús
3. La época de Jesús
4. Con juan el bautista
5. El reino de Dios
6. Las parábolas
7. Curaciones y exorcismos
8. La comensalía
9. Discípulos y discípulas
10. Los doce y Pedro
11. Jesús y las mujeres
12. La autoridad de Jesús
13. La fe de Jesús
14. La oración
15. La ética de Jesús
16. Jesús y la Ley
17. Jesús y el Templo
18. La conciencia de Jesús
19. El Hijo del hombre
20. La muerte de Jesús
21. La cruz no nos salva
22. La resurrección de Jesús
23. Un lenguaje libre para hablar de la Pascua
24. Los títulos de Jesús en el Nuevo Testamento
25. Los dogmas de Nicea y Calcedonia

Introducción ¿QUIEN DECÍS QUE SOY YO?

En un mundo dolorido, en una cultura perpleja, en una Iglesia discutida, en una religión cambiante, volvemos nuestra mirada a Jesús de Nazaret para reaprender a ser cristianos. 
¿Qué anunció? ¿Qué opciones hizo en su tiempo? ¿Qué fueron sus “milagros”? ¿En qué Dios creyó? ¿Por qué murió? ¿Qué significa que “resucitó”? ¿Cómo nos “salva”? ¿Qué quisieron y qué queremos decir al confesarle “hijo de Dios”? 
Solamente ofrezco unas aproximaciones históricas y teológicas desde su tiempo y el nuestro. Unos apuntes nada más.
Volvemos a Jesús para volver a sentir que él se acerca a nosotros y nos toca, nos cuenta parábolas y nos cura, nos anuncia un mundo nuevo y lo estrena. 
Nos aproximamos a Jesús desde presupuestos e “intereses” muy diversos. Vale todo aquello que nos hace vivir más. Vale también todo aquello que nos hace interrogarnos más, aunque nos cree alguna inseguridad que otra. No tengamos miedo a las cuestiones.
Conocer no es únicamente saber, si “saber” significa solamente “tener conocimientos”. El prefijo co (con) evoca relación, intimidad, trato. ¿Cómo conocer a alguien cómo conocer a Jesús sino a través de la relación y el trato? Si al conocer le privamos del co, nos quedamos solo con la gnosis, convertimos a Jesús en objeto. 
No es que debamos desdeñar el término gnosis me apasionan los escritos gnósticos, y los evangelios gnósticos son especialmente fascinantes: la verdadera gnosis, como el verdadero conocimiento, nos adentra en la realidad profunda del yo que me transciende, en la realidad profunda del otro que me transforma. Y a eso se refiere el prefijo co del término conocer. 
Es el conocimiento verdadero hecho de contacto, comunión, compañía y todas las palabras con co. Y ese es también el auténtico saber, que no consiste meramente en tener información sobre algo, sino en probar su gusto más profundo, el sabroso sabor del ser y de la vida que nos procura la sabiduría de los sabios. 
Así es como quiero conocer a Jesús y saberle, de modo que mi vida sepa más a Jesús y Jesús me sepa enteramente a Dios. Hasta que todas las criaturas podamos comer y saborear del árbol de la vida. Entonces conoceremos de verdad, pues conocer será vivir.
Mientras tanto, para conocer a Jesús, es importante mirar primero a la tierra de la que es hijo. Jesús es un trozo de esta Tierra Santa que es toda la tierra. No es un meteorito caído del cielo. Es fruto de una pequeña franja de tierra atormentada, disputada, mil veces conquistada y reconquistada, como tantas tierras. 
Una tierra en la que dicen nuestros Atlas confluyen Asia, África y Europa, pero Dios no hizo esas fronteras, han nacido de nuestras guerras, como todas las fronteras. Una tierra de paso de muchas caravanas y ejércitos, peregrinos y emigrantes.
Para conocer a Jesús, es igualmente importante mirar de cerca el tiempo del que es hijo, pues todos somos hijos de nuestro tiempo y Jesús también lo es. Todos los tiempos son tiempos de Dios, pero ningún tiempo lo abarca, tampoco el de Jesús. 
Un tiempo, el de Jesús, comprendido en una época de sangre y lágrimas que va desde Daniel y la guerra de los Macabeos (160 a.C.) hasta la última rebelión judía de Bar Kokba y el último aplastamiento de los judíos, el definitivo (130 d.C.), después del cual los judíos ya no pudieron ni siquiera habitar en Jerusalén y esta pasó a llamarse Aelia Capitolina. 
Un tiempo de tensa calma política y de gran sufrimiento social, de grave empobrecimiento de los campesinos galileos obligados por los impuestos o bien a endeudarse o bien a enajenarse de su parcelita de tierra sagrada. 
Un tiempo en el que se iba agudizando la fragmentación cultural, religiosa, política y económica de la sociedad judía. 
Un tiempo en el que los caminos se iban poblando de mendigos y enfermos en busca de dignidad y compasión. Un tiempo a punto de explotar.
¿Como el nuestro? Sólo podemos conocer bien a Jesús desde las preguntas de hoy. Pero ¿es que las preguntas de hoy no son acaso las preguntas de siempre? 
Sí y no. Sí, en cuanto que son preguntas por aquello que nos hace gozar y sufrir, las preguntas por la belleza y las heridas, las preguntas por la vida y la muerte. Y no, en cuanto que las preguntas de hoy son únicas y peculiares, como la vida y la muerte, como el cuerpo, la mirada y la palabra. 
Preguntamos por Jesús hoy, desde este mundo dolorido, desigualmente (no fraternal-sororalmente) globalizado, más complejo y perplejo que nunca. Un mundo con más ciencia y más incertidumbre, con más medios y más amenazas que nunca. 
Preguntamos por Jesús desde nuestro mundo en metamorfosis cultural y religiosa, sí, también en metamorfosis religiosa por la acción del Espíritu. 
Preguntamos por Jesús desde nuestro mundo y nuestra Iglesia de hoy, discutida y discutible, tentada de erigirse como sistema autoritario, en vez de ser comunidad de hermanas y hermanos, compañera de camino y de búsqueda. 
Nos preguntamos: 
¿Cómo fue la mirada de Jesús entonces y cómo sería hoy? 
¿Qué anunció a su tiempo y qué anunciaría en el nuestro? 
¿Qué opciones hizo en su mundo y cuáles haría en el nuestro? 
¿Qué actitud adoptó frente al sistema religioso judío y qué actitud adoptaría frente al sistema religioso cristiano? 
¿Cómo creyó, confió, esperó en Dios y cómo lo haría hoy? 
¿Hablaría tanto como nosotros hablamos de la moral sexual, él que se puso del lado de las prostitutas y no condenó a la adúltera? 
¿Defendería tanto el modelo tradicional de la familia, él que lo rompió?
¿Denunciaría tanto el "relativismo" moral y filosófico, o más bien el monopolio de la verdad, de la información y de los bienes? 
¿Cómo anunciaría que solo Dios es rey y que lo es en favor de los últimos en un mundo como el nuestro en que los países "cristianos" ejercen el imperio del poder y de Mamón? 
¿Qué diría de los emigrantes, él que fue emigrante y que lo seguirá siendo mientras haya fronteras?
Para conocer a Jesús, es preciso saber preguntar. Y aceptar, sin embargo, que nadie es dueño de las respuestas, y que ninguna respuesta es última. Aceptar incluso que nadie es tan siquiera dueño de las preguntas, lo que hace nuestra palabra aún más perpleja. Que nadie pretenda tener la respuesta ni conocer la única fórmula pertinente de la pregunta. 
Que la modestia y la tolerancia crezcan al menos tanto como la perplejidad. Y que nadie desista de seguir preguntando, cada uno con su compasión y sus palabras: ¿cuáles son las heridas del mundo de hoy y cuál sería el remedio de Jesús?


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