06 Todo sobre mi Iglesia

José Ignacio González Faus.

Una respetuosa pero severa crítica de la involución que sufre hoy una Iglesia que nos duele como propia.

Colección feadulta.com, nº 6. Junio 2011.

202 páginas, 21 x 15 cm, rústica

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ISBN 97884-7631-022-9

Disponibilidad: Disponible

10,00 €

"Todo sobre mi Iglesia" es un título que requiere alguna explicación. Porque esta selección de artículos no logra reflejar todo lo que José Ignacio González Faus piensa sobre nuestra Iglesia. A pesar de las severas críticas que se deslizan a lo largo de sus páginas, este jesuita se siente bien en ella y reconoce y aprecia sus muchos profetas y todos sus valores.
Al autor le duele ciertamente la involución que sufre hoy la Iglesia, pero a decir verdad, le preocupan e inquietan mucho más los graves problemas que arrastran nuestro mundo y nuestra sociedad. La prueba está en que para armar esta recopilación de temas eclesiales hemos tenido que sortear infinidad de escritos de denuncia social.
José Ignacio González Faus (Valencia, 1933), Doctor en Teología. Profesor emérito de Teología Sistemática y Cristología en la Facultat de Teología de Catalunya y de Antropología Teológica en la UCA de San Salvador. Director del área teológica del centro de estudios 'Cristianismo y Justicia'.
ÍNDICE
AVISO AL LECTOR
LA INSTITUCIÓN
Balance de un pontificado: ¿infidelidad al Vaticano II?
Fidelidad al ministerio petrino
Carta al sucesor de Pedro
Sueño de viaje papal
El pensamiento de J. Ratzinger
El terremoto papal
Papado y seguridad
Parábola del sumo pontificado
A mis hermanos obispos
Prelados políticos
Sin don y condón
¿Patinazo pastoral?
CLAROSCUROS
Inquisidores
Psicología del inquisidor
Qué religión, qué política
"Ay Nicaragua, Nicaragüita"
Coces contra el evangelio
De la primera carta de S. Pablo a los coringles
Cosas cotidianas, ojos cristianos
La mujer abortante
¿Fátimas? No, gracias
La cochina lógica
Homofilia, homofobia y homoboda
Celibato
La primera muer presbítero
Hipatia (carta a A. Amenábar)
Santos ¿para qué
Desempolvar a Marx
Lo que hay que hacer cuando no se puede hacer nada
Cantico espiritual
Egoísmos de grupo
Jesuitas
Divino impaciente
LAS CREENCIAS
¿Contra Dios o contra "el factor" Dios?
El misterio de Dios
Monoteismo e intolerancia
¿Dios en Barajas?
Monoteísmo y violencia
Dios sí, Dios no
Ateísmo de derechas
Carta a una amiga atea
Modernidad y Dios

AVISO AL LECTOR

La historia de este libro es bien simple: se limita a recoger unos cuantos artículos que se publicaron, en los últimos años, la mayoría en la Vanguardia, algunos en El País o en otros medios de opinión.

La selección no es mía. Cuando el director de esta colección me pidió unos artículos que no tuviera publicados en libro, me bastó con enviarle una carpeta de ordenador con más de cien artículos de prensa o revistas.

Rafael hizo la selección y, en pocos días, me la envió ya maquetada. Andaba yo entonces lejos de casa y le puse solo un correo con dos objeciones que ahora trataré de aclarar o resolver.

Me decía Rafael que había elegido los artículos referidos a la iglesia “porque es un tema que interesa a los lectores de Fe adulta”. Le contesté que el criterio de selección me dejaba algo incómodo. ¿Por qué esa incomodidad? Pues porque cuando critico a mi Iglesia no lo hago para descargar mi adrenalina religiosa, sino por esta triple razón: 

porque creo que Jesucristo se merece una Iglesia mejor, 
porque Pio XII proclamó solemnemente, ya en 1950, que una iglesia sin opinión pública (como la que parece buscarse hoy) es una iglesia enferma,

y además porque me parece una condición indispensable para poder levantar la voz en la sociedad en la que vivo: solo quien no niega las culpas propias puede hablar de las ajenas. 

Y la costumbre de hablar solo de los males de la Iglesia (hoy por desgracia innegables), contribuye a que mucha gente sencilla piense que la Iglesia está muy mal y la sociedad bastante bien…

Pero, en mi humilde opinión, si enferma anda la Iglesia, más grave está nuestro mundo. 

Este mundo donde unos pocos pueden tener muchísimo y muchos no tienen nada. 

Esta España de cinco millones de parados concebidos virginalmente por obra y gracia del espíritu de “los mercados” y abandonados a sí mismos o a Cáritas. 

Esta sociedad donde poco a poco se va desmontando el estado del bienestar, que tanto costó construir, con la excusa de ponerlo al día.

Una sociedad con una democracia enclenque en la que vamos cediendo parcelas de libertad para ganar espacios de seguridad (seguridad que necesitamos para poder defender todo lo que inicuamente poseemos).

Un mundo donde un presidente premio Nobel de la paz declara que “se ha hecho justicia” porque ha ordenado matar a un criminal desarmado y confunde tan lastimosamente la justicia con la venganza. 
Una sociedad narcotizada por ídolos deportivos y por chismorrerías del corazón (léase: de cama) entre las estrellas de su bajo cielo, mientras la información importante queda secuestrada o reducida a espacios mínimos y secundarios… 

Y una sociedad que en lugar de ver todas esas vigas en sus ojos, tranquiliza su conciencia metiéndose con las iglesias (no sin razón puesto que ahí se hace un reconocimiento implícito de que a las iglesias se les debe exigir más que a nadie, por coherencia con lo que profesan).

Pido pues al lector que no olvide que los textos aquí recogidos forman una unidad con otras muchas reflexiones sobre el mundo en que vivimos: sobre la crisis económica, el terrorismo, el Sahara, la huelga y todas esas penas nuestras de cada día miradas con ojos evangélicos.

Con ello queda resuelta mi primera objeción. Pero quedaba otra:

El título del libro lo eligió también Rafael. Es agudo y tiene garra, sin duda. Pero tuve contra él el siguiente reparo: podría entenderse no en el sentido de que todo lo que sigue se refiere a la Iglesia, sino en el sentido de que eso es todo lo que yo tengo que decir sobre la Iglesia. Y esto segundo no es en absoluto verdad. 

Por mucho miedo que algunos prelados me tengan (hasta prohibir que me llamen a hablar aquí o allá), por mucho que me acusen de “falta de amor a la Iglesia”, no me recato de reconocer públicamente que en ella, al lado de sus varios pecados y en el invierno actual, hay paisajes de una bondad trascendente y de una vegetación cristiana encantadora. 

El pueblo de Dios tiene regiones que gozan de buena salud evangélica. A mí me sobrecoge la calidad de muchos creyentes anónimos a quienes el Vaticano II llevó al descubrimiento de la persona de Cristo y a la entrega incondicional de su vida a la causa de Jesús. 

Me siento muy bien (y muy indigno) entre los comités Oscar Romero, las gentes de HOAC y de algunas comunidades de base.

Me abruma y me anima la entrega de muchos “misioneros en los infiernos”, la soledad fiel, poco aparente y desconocida, de muchos curas de pueblo…, la figura señera de algunos obispos como P. Casaldáliga, O. Romero, Helder Camara, el cardenal Martini, Proaño, Samuel Ruíz, el maltratado J. M. Uriarte aquí en España, J. Piña molesto por coherente allá por entre los confines de Argentina y Paraguay, G. Thessier en Argelia, G. Robinson en Australia, Lehmann o Kasper en Alemania, Gaillot en Francia, el carmelita G. López en san Miguel de Sucumbíos (Ecuador) tan maltratado con su equipo, como maltratados han sido Pedro Arrupe y Camilo Maccise prepósitos generales de órdenes religiosas… 

Así hasta llegar a la figura de aquel “papa de la utopía”, como llamó el historiador Alberigo a Juan XXIII. Y otros mil que yo no conozco.

Ellos también son iglesia y le dan otro rostro mil veces más evangélico en mi opinión. Y en una Iglesia donde se da todo eso puede uno sentirse muy bien sin que se le ocurra, ni remotamente, romper con ella, aunque lamente el ostensible doble trato que la autoridad romana tiene para con ellos y para con los defensores de los rasgos eclesiásticos que creo censurables por poco evangélicos. 

Y a ese sentirse bien pertenece el apostar con Jesús que es aceptando el mal injustamente infringido, como se produce redención. 
Me he cansado de decir en los últimos tiempos que el cardenal (y ahora beato) Newman debió amar mucho a la Iglesia puesto que se pasó a ella desde el anglicanismo y, sin embargo, fue uno de los críticos más lúcidos de la iglesia de su tiempo, aunque ello le llevara a tener que reconocer que, desde que se había hecho católico, casi no había tenido más que disgustos. 

Mucho amor hay que tener para cargar con ese destino de manera serena y tranquila como él lo hizo… Y como lo hicieron después hombres como Lagrange, Rahner, Congar, de Lubac y tantos otros maestros.

En conclusión pues: los textos que siguen no recogen todo lo que yo diría sobre mi Iglesia aunque todos traten de temas eclesiásticos. 

Con esta doble respuesta a mis primeras objeciones (que el editor comparte plenamente) ya no hay dificultad en aceptar tanto la selección como el título elegidos por Rafael, Y agradecerle muy en serio el trabajazo que se ha tomado por ayudar a creer a muchos hermanos.


   José Ignacio González Faus, S.J.

(mayo de 2011)

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