13 La higuera estéril

Un mundo menos cruel es posible.

Eloy Roy.

Una defensa apasionada, radical y libre de la justicia, para que un mundo menos cruel sea posible.

Colección feadulta.com, nº 13. Agosto 2012.

220 páginas, 21 x 15 cm, rústica

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ISBN 97884-7631-038-0

Disponibilidad: Disponible

10,00 €

Este libro no es una tesis, ni un poema, ni siquiera un curso de mala teología. A pesar de su orden aparente, es un revoltijo de textos que llevan de un lado para otro, del apocalipsis al jardín del Edén, de los faraones al Vaticano, de la religión alienante a un Evangelio cuestiona-dor, de la imagen de un mundo podrido a una utopía de justicia que se empecina en declararse ya en marcha... Fogonazos que no buscan convencer, sino acaso prender alguna chispa en nuestras soserías religiosas...
O estimular una fe que ya intuye, o sabe, que el mundo de la justicia, de la libertad, de la paz, de la fraternidad universal, un mundo menos cruel no solo es posible sino que comienza cada día. Y que la religión que no se apasiona por la justicia y la libertad no es más que una higuera estéril.
Eloy Roy es sacerdote canadiense, misionero treinta años entre Honduras, Argentina y China, amigo de la teología de la liberación, enamorado incondicional de la justicia y de la Biblia profética.INDICE
PRESENTACIÓN

RELIGIÓN POR JUSTICIA
Si yo fuera Dios
Un sacramento anti gallinero
El reino y ese "otro mundo"
Ese otro mundo existe de verdad
Amor sin justicia, auto sin ruedas
Los pobres, comienzo y fin de la historia
En la piel del otro
Si se hubiese...

LA BIBLIA
Un proyecto de encíclica
Peleando con la biblia
Biblia prohibida
El motor de la historia
El gran servicio de los pobres
Dos biblias en una
La biblia y el pensamiento positivo


MI DIOS
Jeremías y Dios
Todo el mundo va al cielo
¡No somos libres!
Dios es árabe también
Los tsunamis y Dios
En verdad
Dios y el ateísmo
Una teología para mandar al Index
De lo sagrado a lo racional


JESÚS
Jesús, a.C. (antes de Cristo)
Sepultado bajo los títulos
Jesús no quiere discípulos a millones
Un gran fracaso
Hablar de Jesús, hoy
Enseñar desde adentro
Caminar sobre las aguas

TIERRAS DE MISIÓN
Historia de un aborto
Gracias por los restos de un naufragio
La marsellesa de los cristianos
Babel
Tres buenas razones para no pelear
Jeremías y los vivos
La misión a pesar de todo
Misioneros
La misión

GENTE
Un pequeño pueblo encarna la resistencia
Huesos secos
El "coming out" de Lázaro
La que no existía
El joven rico
Parábola de la manta de retazos
Caminando sobre el sol
¡"Cool" los cristianos!

EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO
El desarraigado
Cáncer amigo
Las diez plagas
La nueva cosecha
De una orilla a otra
La paz tramposa
Jesús, los chanchos y la economía
Las contradicciones necesarias
¿Amar a Hitler?
Solo el amor es realmente moderno

AUTORRETRATO



Presentación
Este libro no es una tesis, ni un poema, ni siquiera un curso de mala teología. El desorden es su orden, como en la vida.
Es un revoltijo de textos que llevan de un lado para otro, del apocalipsis al jardín del Edén, de los faraones a los niñitos chinos, del falso al verdadero Yo, de la guerra a la paz, de la religión alienante a un Evangelio cuestionador, de la imagen de un mundo podrido a una utopía de justicia que se empecina en declararse ya en marcha... Fogonazos que no buscan convencer, sino acaso prender alguna chispa en nuestras soserías religiosas...
O estimular una fe que ya intuye, o sabe, que el mundo de la justicia, de la libertad, de la paz, de la fraternidad universal, no sólo es posible sino que comienza cada día. Y que la religión que no se apasiona por la justicia y la libertad no es más que una higuera estéril.
[primer capítulo]
SI YO FUERA DIOS
Si yo fuera Dios, no le daría más vueltas al asunto. Yo cumpliría de una vez mi gran promesa de “crear un cielo nuevo y una tierra nueva en donde reine la justicia” (Isaías 65, 17; 2 Pedro 3,13). 
Volcaría un río de conciencia nueva en el ser humano, algo como un sol líquido que lo llenara de cabo a rabo de inteligencia y razonabilidad. Y le inyectaría en las venas una sobredosis de amor a la justicia que sería aún más deleitable que el placer del sexo.
De esa forma adelantaría un millón de años la evolución de los descendientes del mono y yo me felicitaría exclamando: “¡Por fin, lo logré! ¡Todo esto está buenísimo!”
Porque, para ser franco, este mundo es un fracaso. Destruirlo para hacer otro nuevo sería lo más conveniente. Con gusto lo remplazaría con un modelo menos asesino, menos caníbal, menos sofisticadamente hipócrita y falso. 
A los humanos les pondría una conciencia que sirva. Porque la que tienen es un desastre. Es una conciencia de seres primitivos, tiernos y brillantes a veces, pero todavía demasiado desalmados y dañinos. 
Viven de los demás. No sólo de los animales, de las plantas, de los yuyos, del agua y demás, sino de la propia gente. Que 18 familias de la humanidad tengan más plata que 46 de los países más empobrecidos del planeta y que la fortuna de las 8 familias más pudientes del globo se quede en los bolsillos de las mismas mientras se podría con ese dineral erradicar el hambre en el mundo, da la pauta de lo ciega, cerrada y cruel que puede llegar a ser esa criatura que pretende ser imagen y semejanza de Dios. (¡Lo bien parado que queda Dios con eso…!) 
En los últimos siglos, la riqueza del mundo occidental se fue concentrando sin control en las manos de unos pocos, dejando al resto de la humanidad en la precariedad, la desnudez y la muerte. 
Esa “hazaña” fue posible gracias al exterminio de unos 80 millones de amerindios, a la esclavitud de unos 20 millones de africanos, a la dominación y explotación sistemática de la mujer, a la persecución patológica de los judíos y al trabajo forzado de millones y millones de hombres, mujeres y niños, y gracias también a guerras mundiales y al despojo constante y siempre vigente de continentes enteros por la fuerza de las armas y el poder corruptor del dinero. 
Esta estafa, este robo, esta delincuencia de dimensión cósmica nunca ha sido reparada. Al contrario, continúa su obra de muerte hasta hoy, tal vez con nuevos artilugios, pero siempre con mayor eficacia. 
Fuera de unas honrosas veleidades para empezar a corregir la situación, se continúa mirando la miseria de la humanidad como si no existiera. Como si las riquezas que les sobran a unos no chorrearan la sangre de más de la mitad de la humanidad. Y como si los lujos, los despilfarros, el llamado “desarrollo”, las obesidades y las neurosis de los ricos no vinieran todas de los sueños de tierra, de pan, de agua potable, de seguridad, de dignidad y de paz arrebatados a miles de millones de seres humanos.
El amor, el verdadero “yo”, la religión, la ciencia y la sabiduría más luminosa, la economía, la política, las tecnologías punta y el arte más sofisticado tienen sus días contados junto con las flores, los ríos, los osos blancos y los pájaros. Todo aquello va a terminar al fondo del gran estercolero de la historia a menos que la justicia empiece a desparramarse a torrentes sobre la faz de la tierra. 
La justicia no es algo frío. No es un dato matemático, un cálculo, un peso, una balanza, una regla, una medida. La justicia es algo que se come, se bebe, se ríe, se canta. Es el pan, es el vino, es la dignidad, es el vestido de fiesta, es la alegría, la esperanza, la luz que vuelve a los ojos que se iban a apagar. De ella depende que la humanidad no sea un total fracaso. 
Pero, gracias a Dios, no soy Dios, y es mejor así. Porque a Dios no le gusta destruir. Aún le tiene cariño a este mundo roto, y nos sigue teniendo fe a los humanos. 
Aunque la higuera parezca estéril, Él sigue creyendo que va a brotar de nuevo. (Lc 13, 6-9)

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Una defensa apasionada, radical y libre de la justicia, para que un mundo menos cruel sea posible.

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